DIARIO DE UNA REINA SIN TRONO NI CORONA, donde según con el perfume que amanezca o me abrace la noche, los poemas, cuentos, haikús, cartas y otras tantas cosas irán tomando un sitio propio en un mundo diferente: EL MÍO

jueves, 30 de octubre de 2008

Festejando HALLOWEEN con imágenes para compartir

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EL CASO CHOPHAM de Edgar Wallace


Los jurisconsultos que escriben libros no gozan, generalmente, de nombre favorable entre sus colegas; pero Archibald Lenton, el más brillante de los abogados penalistas, era una excepción. Llevaba un registro de jurisprudencia y publicaba extractos de vez en cuando. No llegó a publicar sus teorías sobre el caso Chopham, aunque creo que formuló una. A continuación expongo su intervención en el caso, así como la verdad sobre Alphonse o Alfonso Ribera.

Este último tenía un don especial para las mujeres, sobre todo aquellas que no se habían graduado en la mundana escuela de la experiencia. Decía ser español, si bien su pasaporte había sido expedido por una república sudamericana. A veces presentaba tarjetas de visita en las que figuraba la inscripción «Marqués de Ribera», pero esto sólo lo hacía en ocasiones muy especiales.

Era joven, de tez olivácea y facciones impecables, y al sonreír mostraba dos hileras de dientes deslumbrantemente blancos. Consideraba conveniente cambiar su aspecto alguna que otra vez. Por ejemplo: cuando era un compañero de baile por alquiler, agregado al personal de un hotel egipcio, llevaba unas pequeñas patillas que, curiosamente, acentuaban su juventud; en el casino de Enghien, donde por algún medio había conseguido el puesto de crupier, lucía un pequeño bigote negro. Ciertos espectadores de sus numerosas aventuras, serios, sobrios y faltos de imaginación, se asombraban irritadamente de que las mujeres le dirigieran la palabra, pero bien es verdad que es extremadamente difícil para cualquier hombre, incluso un hombre sin imaginación, descubrir cualidades atractivas en los amantes con éxito.

Lo cierto es que las mujeres más insospechadas cedían a su embrujo, para después lamentarlo. Llegó un tiempo en que accedió a un cargo directivo en los establecimientos de juego en que anteriormente había sido el más humilde y relegado de los sirvientes; en que vivía a cuerpo de rey en hoteles donde antes era alquilado a tantas piastras el baile. Refulgían diamantes en su inmaculada pechera, lindas manicuristas mimaban sus manos y percibían honorarios superiores a los que las compañeras de baile de otro tiempo le deslizaban tímidamente en la mano.

En los cafetines que abundaban en la zona démodé del Sena había ciertos individuos lenguaraces que jugaban interminables partidas de dominó y que constituían sorprendentes centros de noticias. Conocían la vida y milagros de la gente más singular, y no se andaban con pelos en la lengua a la hora de hablar de Alfonso. Podrían hablaros, aunque sabe el cielo cómo les llegaba la información, de gruesas cartas certificadas que recibía en su piso del Boulevard Haussman. Cartas certificadas repletas de dinero, y cartas desesperadas que venían a decir (en varios idiomas): «No puedo enviarte más. Esto es lo último.» Pero sí enviaban más.

Alfonso había desarrollado un bien organizado negocio. Partía para Londres, o Roma, o Amsterdam, o Viena, o incluso Atenas, llegando a su destino en coche-cama, se hacía conducir al mejor hotel, alquilaba un lujoso juego de habitaciones... y telefoneaba. Generalmente la infortunada dama acudía a la cita bañada en lágrimas, histéricamente furiosa, destilando amargo odio, insultante, pero siempre remunerativa.

Pues cuando Alfonso les leía extractos de las cartas que ellas le habían enviado en los días del Gran Hechizo y les recitaba los haberes de sus maridos hasta la última línea, lira, franco o florín, reconsideraban su decisión de contárselo todo a sus esposos, y Alfonso regresaba a París con su renta.

Éste era el método que aplicaba a la caza mayor; a veces anunciaba su visita mediante una carta discreta, que hacía innecesaria la entrevista. No le inspiraban gran temor los maridos ni los hermanos; la filosofía que había germinado de su experiencia le hacía desdeñar la naturaleza humana. Pensaba que la mayoría de las personas eran cobardes y sentían miedo por sus vidas, y mayor miedo aún por sus normas. Llevaba dos revólveres plateados, uno en cada bolsillo de la cadera. Tenían el cañón exquisitamente damasquinado y la empuñadura de marfil, tallada a modo de ninfa. Se los había comprado en El Cairo a un hombre que pasaba cocaína desde Viena.

Alfonso tenía unas veinte «clientes» apuntadas en sus libros, y aprovechaba toda oportunidad de incrementar el número. De las veinte, cinco eran minas de oro (así las denominaba en sus pensamientos) y el resto eran minas de plata.

Había una mina de plata residente en Inglaterra, una muchacha cautivadora, de semblante hondamente melancólico, que era feliz en su matrimonio, excepto cuando pensaba en Alfonso. Amaba a su marido y se odiaba a sí misma y a Alfonso intensa e impotentemente. Siendo poseedora de una fortuna propia, podía pagar; y en consecuencia pagaba.

Cierta vez, en un acceso de desesperada rebeldía, escribió: «Esto es lo último, etc.» Esperó hasta septiembre, mes de vencimiento del siguiente pago, pero éste no llegó. Ni en octubre, ni en noviembre. En diciembre él le envió una carta; no deseaba ir a Inglaterra en diciembre, pues Inglaterra estaba sombría y neblinosa, y el tiempo era mucho más agradable en Egipto: pero los negocios eran los negocios.

La carta llegó a su destino cuando la mujer a quien iba dirigida se encontraba disfrutando de una estancia en Long Island, hospedada en casa de una tía suya. Era americana de nacimiento. Al no haber recibido réplica de Alfonso a su carta, se había embarcado para Nueva York sintiéndose segura.

Su marido, cuya inicial coincidía con la de ella, abrió accidentalmente la carta y la leyó con suma atención de principio a fin. No era ningún necio. No desechó como a una basura a la esposa cuyo amor reclamaba: lo que hubiera sucedido antes de su matrimonio era asunto de ella; lo que ahora sucediera era cosa de él.

Comprendió entonces los agitados sueños de ella, sus convulsos e incontrolables accesos de llanto, totalmente inmotivados, y vio el futuro que se le presentaba.

Fue a París a practicar indagaciones; buscó la compañía de los zafios individuos que jugaban al dominó, y oyó muchas cosas interesantes.

Alfonso llegó a Londres y telefoneó desde una cabina. La señora no estaba en casa. Le llegó una carta mecanografiada en la que se le citaba para el miércoles. Era la citación acostumbrada, con la especificación de la hora habitual y el consabido requerimiento de discreción. El asunto discurría por sus cauces normales.

Pasó agradablemente los días de espera. Compró un coche Spanza de último modelo, hizo las disposiciones pertinentes para su transporte a París y, entretanto, se solazó conduciéndolo.

Acudió a la hora convenida, llamó a la puerta de la casa y le fue franqueada la entrada...

Ribera, con el rostro verdoso y las rodillas temblorosas, entregó sus ornamentados revólveres sin resistencia alguna.

La mañana de Navidad, a las ocho, el superintendente Oakington abandonó su cálida cama para atender el teléfono, y le comunicaron la noticia.

Un lechero que conducía su vehículo a través del Ejido de Chopham había visto un automóvil estacionado algo fuera de la carretera. Era al parecer un coche nuevo, y debía de llevar en aquella posición toda la noche. Había siete centímetros y medio de nieve sobre su techo, y debajo del vehículo los helechos estaban verdes.

Una visión arrestante incluso para un lechero que, a las siete de una mañana glacial, no tenía otro pensamiento que el de abastecer a sus clientes lo más rápidamente posible y regresar cuanto antes a su hogar para celebrar la festividad propia de la fecha.

Se apeó de su Ford y avanzó estampando sus pasos en la nieve. Vio a un hombre tumbado boca abajo, cuya grisácea mano derecha asía un revólver de cañón plateado. Estaba muerto. Y entonces el sobrecogido lechero vio al segundo hombre. El rostro de éste estaba invisible: yacía bajo una espesa máscara de nieve que daba a sus yertas facciones un aspecto grotesco y repelente.

El lechero volvió corriendo a su vehículo y se dirigió en el mismo a una delegación de policía.

El señor Oakington se personó en el lugar cuando aún no hacía una hora que habían recibido la llamada. Había una docena de policías agrupados en torno al auto y a las figuras tendidas en la nieve: los reporteros, afortunadamente, no habían llegado.

Ya avanzada la tarde, el superintendente llamó por teléfono al único hombre que podía ayudarle en un momento de desconcierto tan profundo.

Archibald Lenton era el abogado junior (1) más prometedor de cuantos pisaban el foro desde hacía años. El Colegio de abogados alza su delicada nariz ante los jurisconsultos que se interesan exclusivamente por los casos criminales. Pero Archie Lenton sobrevivió a la muda desaprobación de sus colegas y concentrándose en este desapacible aspecto de la jurisprudencia, no sólo triunfó como abogado, sino que se convirtió en una autoridad en ciertos tipos de delitos, habiendo escrito sobre los mismos un tratado considerado como básico.

Una hora más tarde se encontraba en el despacho que el superintendente tenía asignado en Scotland Yard, escuchando la historia.

—Hemos identificado a los dos hombres. Uno es extranjero, un hombre de Argentina, según he podido descubrir por su pasaporte, llamado Alphonse o Alfonso Ribera. Residía en París, y llevaba en este país cosa de una semana.

—¿Posición acomodada?

—Muy acomodada, diría yo. Encontramos unas doscientas libras en su bolsillo. Se alojaba en el hotel Nederland, y había comprado un coche de mil doscientas libras este último viernes, al contado. Se trata del auto que encontramos junto al cadáver. He telefoneado a París, y allí sospechan que era un chantajista. La policía ha registrado y sellado su piso, pero no ha encontrado documentos de ningún tipo. Evidentemente, es de esos individuos que guardan sus asuntos bajo el sombrero.

—¿Le dispararon, dice? ¿Cuántas veces?

—Una vez, en la cabeza. Al otro lo mataron exactamente del mismo modo. Había trazas de sangre dentro del coche, pero ningún otro indicio.

El señor Lenton hizo una anotación en un bloc.

—¿Quién era el otro? —preguntó.

—Eso es lo más extraño de todo. Se trata de un viejo conocido de usted.

—¿Mío? ¿Quién demontres?

—¿Se acuerda de Joe Stackett, un tipo a quien defendió en una causa por asesinato?

—¡En Exeter, Dios santo, claro! ¿Era el mismo?

—Lo hemos identificado por las huellas digitales. De hecho, andábamos a la caza de Joe. Era un experto ladrón de coches y sólo hacía una semana que había salido de la cárcel; ayer por la mañana robó un auto y lo abandonó después de ser perseguido por la Brigada Móvil, de cuyos dedos logró escurrirse. Anoche se apoderó de un coche viejo perteneciente a un revendedor, y fue localizado y perseguido. Encontramos el auto abandonado en Tooting. No se le volvió a ver hasta que recogieron su cuerpo en el Ejido de Chopham.

Archie Lenton se arrellanó en su sillón y fijó la mirada en el techo.

—Robó el Spanza. El dueño saltó al estribo y hubo una lucha... —comenzó, pero el superintendente sacudió negativamente la cabeza.

—¿De dónde sacó el revólver? Los delincuentes ingleses no llevan armas de fuego(2). Y no se trataba de revólveres ordinarios. Plateados, con las culatas de marfil esculpidas en forma de muchachas... Ambos idénticos. Había cincuenta libras en el bolsillo de Joe; tienen números consecutivos a las encontradas en el billetero de Ribera. Si las hubiera robado habría cogido la suma completa. Joe no se detenía a la hora de asesinar, usted lo sabe, señor Lenton. Mató a aquella vieja de Exeter, aunque salió absuelto. Ribera debió de entregarle las cincuenta...

Sonó el timbre de un teléfono; el superintendente atrajo hacia sí el aparato y se aprestó a la escucha. Después de diez minutos de una conversación que quedó limitada, por lo que a Oakington concernía, a una docena de preguntas breves, éste volvió a su sitio el receptor.

—Uno de mis hombres ha rastreado los movimientos del auto; fue visto estacionado junto a «Greenlawns», una casa de Tooting. Estaba allí a las nueve cuarenta y cinco y fue visto por un cartero. Si se siente usted de humor para pasar la noche de Navidad haciendo una pequeña labor detectivesca, iremos a ver el lugar.

Media hora después llegaron a una casa situada en un vecindario sumamente respetable. Los dos detectives que esperaban su venida habían obtenido las llaves, pero no habían entrado. La casa estaba en venta y permanecía vacía. Era propiedad de dos ancianas solteras que habían puesto el edificio en manos de un agente cuando se trasladaron al campo.

La aparición del coche ante una casa vacía había despertado el interés del cartero. No había visto luz alguna en las ventanas, y pensó que el vehículo pertenecía a uno de los huéspedes de la casa siguiente.

Oakington abrió la puerta y encendió la luz. Cosa curiosa, las viejas damas no habían hecho cortar la corriente, pese a que eran notablemente tacañas. El pasillo estaba desnudo a excepción de una cortina de cuentas que colgaba partida de un arco del techo.

La sala delantera estaba vacía de indicios. Fue en una de las habitaciones traseras donde encontraron rastros del crimen. Había sangre en las tablas del suelo, así como un amontonamiento de cenizas en la rejilla de la chimenea.

—Alguien ha quemado papel... He percibido el olor al entrar en el cuarto —dijo Lenton.

Se arrodilló ante la chimenea y levantó cuidadosamente un puñado de finas cenizas.

—Y éstas han sido removidas hasta tal punto que no hay un trozo chamuscado lo suficientemente grande para contener una palabra —observó.

Examinó las marcas de sangre e hizo un minucioso escrutinio de las paredes. La ventana estaba tapada por un postigo.

—Esto impidió el paso de la luz —dijo— así como la salida del sonido del disparo.

El sargento detective que estaba inspeccionando las otras habitaciones volvió con la noticia de que había sido forzada una ventana de la cocina. Había una huella barrosa en la mesa de la cocina, bajo la ventana, y se había hecho un tosco intento de borrarla. A espaldas de la casa se extendía un amplio jardín, y detrás de éste, una parcela. Era fácil entrar en la casa sin llamar la atención.

—Pero si Stackett estaba siendo perseguido por la policía, ¿por qué había de venir aquí? —preguntó Lenton.

—Su auto fue encontrado abandonado a no más de doscientos metros de aquí —explicó Oakington—. Pudo haber entrado en la casa con la esperanza de encontrar algo valioso, y haber sido sorprendido por Ribera.

Archie Lenton rió suavemente.

—Puedo ofrecerle una teoría mejor que ésa —dijo, y pasó la mayor parte de la noche escribiendo cuidadosa y convincentemente, reconstruyendo el crimen hasta en sus más mínimos detalles.

La mencionada exposición se conserva aún en Scotland Yard, y muchos altos cargos la aceptan a pies juntillas.

Sin embargo, algo completamente diferente sucedió la noche de aquel veinticuatro de diciembre...

Las calles estaban resbaladizas y los pasos de tranvías en la misma abominable condición. El humilde cochecito de Stackett resbalaba y patinaba de manera alarmante. Ya se encontraba de mal humor cuando había emprendido su ávida búsqueda: su malestar había ido creciendo hasta alcanzar un grado de furia a medida que transcurría la tarde infructuosamente.

La calle principal del suburbio estaba también atascada; los tranvías se movían con reptante lentitud, haciendo tintinear patéticamente sus campanillas; los vendedores callejeros tenían sus baratillos pegados unos a otros, a ambos lados de la calzada; baratillos rojos y verdes por las guirnaldas de acebo y los desparejos ramos de muérdago: había puestos de carne, escandalosos subastadores que sostenían piezas de reses descuartizadas y pregonaban a voz en cuello sus ofertas: puestos de verduras: tenderetes colmados de platos, tazas, platillos, fuentes chillonas y artículos de cristalería que brillaban a los rayos de las potentes lámparas de acetileno...

El coche patinó. Hubo un choque y un grito. La loza produce un alarmante sonido cuando se rompe... Un alarido del dueño del tenderete: Stackett enderezó su vehículo y se abalanzó entre un tranvía y un trolebús...

—¡Eh, oiga!

Hizo girar el volante, casi derribó al policía que acudió a interceptarle el paso y torció por una bocacalle oscura con el pie pegado al acelerador. Viró a la derecha y a la izquierda, y a la derecha otra vez. Se encontró en una larga arteria suburbana, con viviendas monótonamente iguales a cada lado, afiladas en bloques de ladrillos aplanantemente homogéneos, donde hombres, mujeres y niños nacían, vivían, pagaban la renta y morían. Una milla más adelante pasó frente a la entrada del cementerio donde encontraban el descanso que constituía su suprema recompensa por vivir.

El silbido de la policía le había perseguido durante menos de un cuarto de milla. Había pasado a un policía que corría hacia el sonido... De todas maneras, los polizontes traían sin cuidado a Stackett. Parte de su malhumor se le había disipado con el divertido espectáculo ofrecido por el «guindilla» que corría.

Después de detener el ruidoso cochecito a un lado de la calle, se apeó y, volviendo a encender el cigarrillo que tan cuidadosamente había apagado, contempló sombríamente el manchado y abollado guardabarros que temblaba y se agitaba bajo los impulsos del motor...

Por la misma resbaladiza calle vino un motociclista embozado hasta la barbilla, con las gafas de conducir colgándole del cuello. Detuvo su brillante moto junto al policía de servicio y, guardando el equilibrio con un pie apoyado en la barrosa calzada, formuló las preguntas.

—Sí, sargento —contestó el interrogado—, lo he visto. Pasó por allí. De hecho, me disponía a arrestarlo por conducir peligrosamente, pero siguió de largo.

—Es Joe Stackett —afirmó el sargento Kenton, del C.l.D.—. Un tipo de rostro delgado y nariz puntiaguda, ¿no?

El policía de guardia no había alcanzado a ver el rostro a través del parabrisas, pero había visto bien el coche, que describió con precisión.

—Robado del garaje de Elmer. Al menos, Elmer así lo afirmará, si bien lo más probable es que se lo proporcionara. Feo asunto. ¿Qué dirección dice que siguió?

El agente se la indicó. El sargento aceleró su vehículo y se marchó traqueteando por la oscura calle.

Fue una mala suerte para todos, incluido el señor Stackett, que se encontraba al comienzo de su asombrosa aventura.

Después de apagar el motor, continuó su camino a pie. A cosa de setenta y cinco metros se abría la ancha boca de una calle superior en rango a cuantas había atravesado. Hasta el más gris de los suburbios tiene su West End, y aquella vía pública contaba con villas erguidas en anchurosas fincas; villas bañadas de sosiego, con porches iluminados por faroles de hierro repujado y cristal extrañamente coloreado, con cuadros de césped afeitado y con rosaledas arropadas con esteras, no habiendo dos chalets que se pareciesen. Al otro extremo de la calle vio una luz roja, y el corazón le saltó de alegría. Navidad... Iba a ser Navidad, después de todo, con buena comida, riadas de bebida y otras manifestaciones de felicidad y bienestar peculiarmente atractivas para Joe Stackett.

De pronto vio el coche.

Incluso en la oscuridad parecía tratarse de un auto digno de afanar. Vio a alguien junto al vehículo y se detuvo. Era difícil decir, con aquella penumbra, si la persona que se encontraba junto al coche salía o entraba del mismo. Prestó oído. No percibió ni el golpe de la portezuela del conductor ni el zumbido del arranque. Se acercó ligeramente y siguió avanzando con audacia, moviendo incansablemente los ojos a izquierda y derecha en busca de peligro. Todas las casas estaban ocupadas. Brillantes luces iluminaban los visillos de las ventanas. Oía sonido de jolgorio y de dos gramófonos que emitían aires de baile. Pero sus ojos siempre acababan volviéndose a la flamante limousine(3) estacionada a la puerta de la última casa. No había luz allí. Estaba completamente oscura, desde el ático de gablete a la planta baja.

Avivó el paso. Era un Spanza. El corazón le brincó al hacer el reconocimiento. Pues un Spanza era un coche de venta inmediata. Se podían obtener hasta cien libras por uno nuevo. Eran populares entre los eurasiáticos e hindúes ricos. Bimky Jones, que era el mejor perista de coches de Londres, le pagaría al contado no menos de sesenta. En el plazo de una semana aquel auto estaría embalado y de camino para la India, para ser allí revendido con un sustancioso beneficio.

La puerta del conductor estaba abierta de par en par. Se oía el suave ronroneo del motor. Se deslizó hasta el asiento del conductor, cerró la puerta silenciosamente, y casi sin un bordoneo el Spanza comenzó a moverse.

Era nuevo, recién salido de fábrica... Cien por lo menos.

Ganando velocidad, llegó al final de la calle, desembocó en un ejido y bordeó éste. Finalmente, se encontró en otra calle comercial, pero sabía demasiado para volverse directamente hacia Londres. Primeramente se internaría en el área rural, daría un rodeo a través de Esher y entraría en Londres por la carretera de Portsmouth. El arte de robar automóviles estriba en trasladarse lo más rápidamente posible del distrito policial donde el vehículo es sustraído y puede presentarse inmediatamente la denuncia de su desaparición, a un distrito forastero que no tendrá noticia del robo hasta horas después. Podría haber todo tipo de beneficios extras. Había detrás un gran portaequipajes, y posiblemente algunas chucherías en los asientos. Ya haría en su momento un registro paciente. Por el presente tomó el rumbo de Epsom, a cuyo efecto se desvió por la carretera de circunvalación de Kingston. Cellisqueaba. Puso en funcionamiento el limpiaparabrisas y empezó a tararear una cancioncilla. La desviación de Kingston estaba desierta. Era una noche demasiado desapacible para el tráfico.

El señor Stackett estaba deliberando cuál sería el lugar más adecuado para practicar su registro cuando sintió un desagradable tirón en la espalda. Había advertido la existencia de una ventanilla corrediza que separaba el espacio del conductor del de los pasajeros. Tal vez ésta se había desajustado. Levantó la mano para ajustaría.

—¡Siga conduciendo sin volverse o le volaré la cabeza!

Había vuelto involuntariamente la cabeza, viendo la dilatada boca de un revólver, y debido a su agitación puso el pie en el freno. El auto patinó de un lado a otro de la carretera, medio volcándose, y recuperó la estabilidad.

—Siga conduciendo, le digo —dijo una voz metálica—. Cuando llegue a la carretera de Portsmouth tome la desviación de Weybridge. Si intenta detenerse le descerrajaré un tiro. ¿Está claro?

A Joe Stackett le castañeteaban los dientes. No logró articular el «sí». Todo cuanto pudo hacer fue asentir con la cabeza. Continuó asintiendo con ella durante más de medio kilómetro antes de darse cuenta de lo que hacía.

Ninguna nueva palabra vino de la parte trasera del auto hasta que dejaron atrás el hipódromo; entonces, inesperadamente, la voz dio una nueva dirección.

—Tuerza a la izquierda, hacia Leatherhead.

El conductor obedeció.

Llegaron a un descampado. Stackett, que conocía bien aquellos parajes, advirtió al punto la completa soledad del lugar.

—Aminore la velocidad, desvíese a la izquierda... Ahí no hay declive. Puede encender las luces.

El auto desbarró y avanzó a tumbos por el desigual terreno, haciendo crujir los frondes...

—Pare.

La portezuela situada tras él se abrió. El desconocido se apeó y abrió de un tirón la puerta del conductor.

—Baje —dijo—. Apague las luces. ¿Tiene pistola?

—¿Pistola? ¿Por qué demonios voy a tener pistola? —tartajeó el ladrón de coches.

Estaba siendo enfocado por una linterna que el otro había vuelto hacia él.

—Es usted una manifestación de la Providencia.

Stackett no alcanzaba a ver el rostro del hablante. Veía únicamente el revólver de su mano, pues el desconocido mantenía la faz bien apartada de la luz.

—Mire dentro del coche.

Stackett miró y casi sufrió un colapso. Había una figura acurrucada en una esquina del asiento de los pasajeros; la figura de un hombre. Vio algo más: una bicicleta encajada en el interior del auto, con una rueda tocando el techo y la otra el suelo. Vio el blanco rostro del hombre... ¡Muerto! Un individuo delgado, escaso de talla, de cabello y bigote negros; un extranjero. Tenía un agujerito rojo en la sien.

—Sáquelo —ordenó la voz secamente.

Stackett se encogió hacia atrás, pero una poderosa mano lo empujó hacia el coche.

—¡Sáquelo!

Con el rostro húmedo de frío sudor, el ladrón de coches obedeció: pasó las manos bajo las axilas de la inanimada figura, la arrastró afuera y la depositó sobre la fronda de helechos.

—Está muerto —gimoteó.

—Completamente —asintió el otro.

De repente apagó la linterna. A lo lejos había surgido un resplandor, que se acercaba velozmente por la carretera. Era un automóvil que se dirigía a Esher. Pasó de largo.

—Le vi a usted acercarse justamente cuando yo acababa de meter el cadáver en el coche. No había tiempo de regresar a la casa. Esperé que fuera usted un peatón ordinario. Cuando le vi montarse en el coche adiviné perfectamente su vocación. ¿Cómo se llama usted?

—Joseph Stackett.

—¿Stackett? —La luz de la linterna volvió a enfocar el rostro del ladrón de coches—. ¡Qué maravilla! ¿Recuerda la Audiencia de lo Criminal de Exeter? ¿La vieja a quien mató con un cuchillo? ¡Fui yo quien le defendí!

Stackett parecía haberse quedado sin párpados. Dirigió la mirada más allá de la luz, clavándola en la borrosa y grisácea mancha que parecía conformar un rostro.

—¿El señor Lenton? —articuló roncamente—. ¡Dios mío...!

—La asesinó a sangre fría por unos miserables chelines, y ahora estaría muerto, Stackett, si yo no hubiera encontrado una grieta en las pruebas de la acusación. Esperaba morir, ¿no es cierto? ¿Se acuerda de cuando, en la cárcel de Exeter, charlábamos acerca de la trampa de la horca que no funcionó cuando trataron de colgar a cierto asesino, y de la necrofágica complacencia con que usted insistía en que acabaría pisando esa misma trampa?

Joe Stackett tensó los labios en una incómoda sonrisa.

—Y lo decía en serio —repuso—, pero no se puede procesar a nadie dos veces...

Sus ojos cayeron sobre la figura tendida a sus pies, el escultural hombrecillo del bigote negro y de la sien horadada de rojo.

Lenton se inclinó sobre el muerto, sacó una billetera del interior de su chaqueta, y separó calmosamente diez billetes.

—Métaselos en el bolsillo.

El otro obedeció, preguntándose qué servicio le sería requerido y extrañándose de que la cartera con sus preciosos billetes fuera devuelta al bolsillo del muerto.

Lenton volvió la mirada hacia lo largo de la carretera. Ahora caía nieve, auténtica nieve. Descendía en copos menudos, tan tupidamente que el terreno parecía inundado de niebla.

—Usted se adapta perfectamente a esta circunstancia... como hombre inadaptado para vivir. Es el destino quien ha urdido este encuentro.

—No sé lo que entiende por destino.

Joe Stackett cobró audacia. Tenía que habérselas con un abogado y un caballero que, en un sentido delictivo, era inferior a él. El dinero le había sido entregado obviamente para mantenerle la boca cerrada.

—¿Qué ha estado usted haciendo, señor Lenton? Algo malo, ¿verdad? Este tipo está muerto y...

Debió de ver la pincelada de fuego que brotó de la enguantada mano del otro. No tuvo tiempo de sentir nada, pues estaba ya muerto cuando se desplomó sobre el cadáver que había en el suelo.

El señor Archibald Lenton examinó el revólver a la luz de la linterna, abrió el tambor y volvió a cerrarlo. Agachándose, presionó la diestra del hombrecillo del bigote negro contra la empuñadura del revólver y depositó éste junto a la mano. A continuación alzó el cadáver de Joe Stackett, lo arrastró hacia el coche y lo dejó caer. Inclinándose, apretó las manos de éste, aún calientes, en torno a la culata de un segundo revólver. Luego, flemáticamente, sacó la bicicleta del interior del automóvil y la transportó hasta la carretera. Estaba ya blanca, engalanada por la nieve, que caía ahora en finas tocas de encaje.

El señor Lenton prosiguió su ruta. Llegó a casa dos horas más tarde, cuando las campanas de la iglesia local anglocatólica inundaban el aire de armoniosas vibraciones.

Había esperándole un telegrama de su esposa:

Feliz Navidad, cariño.

Se sintió ridículamente complacido de que ella se hubiera acordado de enviar la felicitación. La amaba profundamente.

Notas:

(1) Se denomina junior a todo barrister (funcionario de la carrera judicial que puede defender públicamente causas en tribunales superiores) que no ha tomado la toga de seda, esto es, que no ha accedido al Consejo Real. Su vestidura distintiva es una toga de paño.

(2) En la autobiografía People afirma Wallace: «Hablando en general, el delincuente británico difiere del delincuente de cualquier otra nación. El robo no va acompañado de violencia. El pistolero profesional es desconocido. Cierto ladrón conocido mío que descubrió que su compinche llevaba un revólver justamente cuando ambos se disponían a dar un golpe interrumpió su labor para propinar a su temerario compañero una severa paliza. La pena de flagelación y las adicionales y duras sentencias aplicadas al ladrón armado han hecho de éste una especie prácticamente a extinguir.»

(3) Automóvil lujoso, de gran capacidad interior, que recuerda a las modernas furgonetas (de aquí la sinonimia actual entre «limusina» y «furgoneta»): estaba provisto de separación entre el conductor y los pasajeros.

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