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lunes, 17 de septiembre de 2007

Si hubiésemos sabido lo que iba a pasar las cosas hubiesen sido diferentes, ojalá me hayas perdonado amigo mío porque yo aún no lo he hecho.
Salimos del liceo tan felices porque era viernes. Viernes 18 de abril. El mundo era nuestro de norte a sur y de este a oeste, qué más podíamos pedir. Habíamos salvado los exámenes de laboratorio ( ¡¡cómo habíamos estudiado! Recuerdas?)
Otto nos esperaba a la salida y nos fuimos a tomar una cerveza a Brisas. Te robaste el cenicero y me lo regalaste con una sonrisa pícara en la cara. Me decías que Juan era un estúpido y yo no te decía nada, porque qué podía decirte si de alguna manera tenías razón, pero yo lo quería y a veces, bien sabes, que el corazón es ciego, sordo y mudo ( el mío era tartamudo, tuerto y tenía infección en el sistema auditivo).
Otto tenía libre. El barco se iba la semana siguiente y disponíamos de una semana entera para vernos y disfrutar de sus anécdotas de ultramar.
Todo era maravilloso, nada podía estar mejor. Tu sonreías, yo sonreía y Otto sonreía, éramos los tres tontos más felices de la tierra.
Antes de salir del bar, recuerdo, me pediste un cigarrillo. Te iba a dar el cigarrillo (un Nevada) y cuando vi la marquilla el cigarrillo estaba dado vuelta, con el filtro hacia abajo y te dije que no te lo daba porque tenía una cábala y te enojaste tanto que me dijiste de todo menos linda; pero de todas maneras no te lo dí. En vez de dártelo me lo guardé en el bolsillo de la campera de jean.
Salimos del bar. ¿Recuerdas? Y aunque teníamos dinero nos fuimos a dedo a nuestra ciudad, así era más divertido.
Nos despedimos en la plaza del pueblo y me fui a casa. Tú, supongo, te ibas al centro helvético a jugar al pool y Otto regresaba a su casa a bañarse para salir “limpito” de levante por la noche.
Cuando llegué a casa mi madre me dijo que me había llamado Analía. Me dejó un mensaje:
“Pichu, te espero en Juan Lacaze, en el Club”
Bien, agarré mi mensualidad y mi bolso( que siempre estaba listo) y me fui a Juan Lacaze.
Otto y vos quedaron esperándome, pero no fui a la cita. Luego Otto me contó que te fuiste con Santiago a La Cantina del Abuelo.
Bueno, me fui con Analía, ya te lo dije, y ya lo sabías. Y a las 7 de la mañana del sábado 19 de abril me llamaron para decirme que habías chocado con la moto.
Nunca más te vi, sólo en sueños. Quiero decirte que aún te quiero, que tu cara está grabada en mí, que no te he olvidado aunque han pasado eones desde entonces. Me pregunto si te verás tan bien como aquél viernes 18 de abril cuando tomábamos una cerveza en Brisas del Plata.
Perdoname Sergio, por no haberte dado el cigarrillo, y aunque sé que seguramente después fumaste muchos, pues... me ha quedado una culpa y una tristeza tremenda por no habértelo dado.
Aún lo tengo, ¿sabes? Lo tengo guardado en una cajita en el paquete original; ya casi está deshecho, pero como fue lo último que tocaste estando conmigo lo tengo como un tesoro junto con el cenicero que robaste aquélla vez. De vez en cuando lo saco de la cajita y lo miro, recuerdo todos los epítetos que me dijiste y no puedo más que reír porque ¡vaya si sabías decir malas palabras!. Confieso que muchas veces quise fumarlo y ensuciar el cenicero pero... una voz interior me dice: “Mejor no”.
No te olvido Sergio y jamás lo haré.
Ojalá algún día me perdones....

Con todo mi amor a Sergio “Pichi” Moreira.


(2001)
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