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30 jul 2019

PÁRRAFO PERFECTO de El Sol Desnudo Isaac Asimov de la Saga de los Robots

PARRAFO PERFECTO
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-Me lo explicaron del siguiente modo, compañero Elijah:
El hecho de que colaboradores con un ser humano de los Mundos Exteriores incrementará tu prestigio frente a los solarianos; en cambio, si colaboras con un robot, aquél se verá mermado. Puesto que yo conozco vuestras costumbres, pensaron que sería fácil trabajar contigo en equipo y que, en consecuencia, nada obstaba para que los solarianos me tomasen por un hombre, sin necesidad de engañarlos mediante una afirmación concreta en tal sentido.

Baley no podía creerlo. Le parecía que aquella delicada atención hacia los sentimientos de un terrícola no cuadraba con el talante espacial, aunque proviniera de uno tan distante como Fastolfe. 

#párrafoperfecto #elsoldesnudo #IsaacAsimov #SagadelosRobots

9 may 2017

Abrí la carta de Albertina. Decía así:

«Perdóname, querido amigo, que no me haya atrevido a decirte de viva voz las pocas palabras que te voy a escribir; pero soy tan cobarde, he tenido siempre tanto miedo delante de ti, que, por mucho que me esforcé, no tuve el valor de hacerlo. Lo que quería decirte es esto: es imposible que sigamos viviendo juntos; tú mismo has visto por tu algarada de la otra noche que algo había cambiado en nuestras relaciones. Lo que esa vez pudo arreglarse resultaría irreparable dentro de unos días. Así que, ya que hemos tenido la suerte de reconciliarnos, es mejor que nos separemos como buenos amigos; por eso, querido, te mando estas letras, y te ruego que seas bueno y me perdones si te doy un poco de pena, pensando en lo inmensa que será la mía. Grandote mío, no quiero llegar a ser tu enemiga, bastante duro me será llegar a serte poco a poco, y bien pronto, indiferente. Así que, como mi decisión es irrevocable, antes de mandarte esta carta por Francisca le habré pedido mis baúles. Adiós. Te dejo lo mejor de mí misma.

Albertina»


En busca del tiempo perdido 6. La fugitiva 

Marcel Proust

26 abr 2017

#PárrafoPerfecto

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti. 

John Donne

Introducción de
«Por quien doblan las campanas»
de Hernest Hemingway

29 sept 2016

Párrafo Perfecto

"El avión era un dechado de perfecciones, como llegarán a ser algún día en el viejo globo terráqueo, cuando las ciencias progresen allí tanto como en Havatoo. Utilicé en su construcción materiales sintéticos de extraña dureza y poco peso. Los técnicos de Havatoo me aseguraron que podría tener una vida por lo menos de cincuenta años sin fracturas ni reparaciones, salvo las producidas por puro accidente. El motor era silencioso y de una eficacia como nunca pudo soñarse en la Tierra. Dentro del aparato iba el combustible necesario para todos los años en que se había calculado su vida, y ocupaba muy poco espacio, ya que podría llevarse en la palma de la mano. Tal milagro es fácil de explicar, como ya se hizo en otras ocasiones. Nuestros propios hombres dé ciencia saben que la energía desprendida por la combustión es sólo una fracción infinitesimal de la que puede producirse con la desintegración total de las sustancias. En el caso del carbón, la proporción es de dieciocho millones a uno. El combustible para mi motor consistía en una sustancia conocida por el nombre de lor, que contiene un elemento llamado yor-san, todavía ignorado en la Tierra, y otro elemento llamado vikro, cuya acción sobre el yor-san produce la total desintegración del lor."

Carson de Venus | Edgar Rice Burroughs

6 ene 2014

PARRAFO PERFECTO

«No se parecían lo más mínimo a ningún otro estudiante. De los tres chicos, uno era fuerte, tan musculoso que parecía un verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado. Otro, más alto y delgado, era igualmente musculoso y tenía el cabello del color de la miel. El último era desgarbado, menos corpulento, y llevaba despeinado el pelo castaño dorado. Tenía un aspecto más juvenil que los otros dos, que podrían estar en la universidad o incluso ser profesores aquí en vez de estudiantes.»

CREPÚSCULO
Stephanie Meyer

21 abr 2013

PARRAFO PERFECTO #8



«-Sin mayores explicaciones -le dice su madre- ­como la decencia me impide entrar en ciertos detalles, sólo tengo una cosa que recomendaros, hija mía: desconfiar de las primeras proposiciones que os haga vues­tro marido y contestadle con firmeza: "No, señor, no es por ahí por donde se toma a una mujer decente; por cual­quier otro sitio que os guste, pero por ahí de ninguna ma­nera"...»


Marqués de Sade «Cuentos, historietas y Fábulas»

5 dic 2010

PARRAFO PERFECTO #7

Sin la noche, no habría día... ¿Sabía ese hombre que había dicho una gran verdad? Uno tiene que tener extremos para tener algo. A veces, desde los EE.UU., algún domingo en particular, se trasmite por onda corta un horrible programa que lanza al aire un grupo de predicadores misioneros. El estrépito sería suficiente como para volver a cualquiera en contra del cristianismo. Y luego, desde alguna estación de Sudamérica, exactamente por el Ecuador, hay otro grupo religioso de predicadores que alerta contra el error de no ser cristianos, que condena irremisiblemente al infierno.
Ciertamente no es la mejor manera de predicar una religión sana.


LOBSANG RAMPA
"AVIVANDO LA LLAMA"

20 sept 2010

PARRAFO PERFECTO #6: Nieve de Primavera, El mar de la fertilidad (YUKIO MISHIMA)

En la guerra habían muerto dos miembros de la familia Matsugae, tíos de Kiyoaki. Su abuela recibía una pensión del Gobierno, gracias a estos dos hijos que había perdido, pero ella nunca hizo uso de ese dinero; dejaba los sobres sin abrir sobre el anaquel del santuario de la casa. Tal fue por lo que la fotografía que más impresionó a Kiyoaki de toda la colec­ción de fotografías de guerra de la casa fue una titulada «Proximidades del Templo de Tokuri; servicios religiosos por los muertos de la guerra», fechada el 26 de junio de 1904, el año treinta y siete de la era Meiji. Esta fotografía en sepia, era totalmente distinta de los habituales mementos de guerra. Había sido realizada con la vista del artista puesta en la estructura: en realidad parecía como si los millares de soldados presentes estuvieran preparados deliberadamente, como las figuras de un cuadro, para centrar toda la atención del obser­vador en el alto cenotafio de madera sin pintar situado en el centro. En la distancia, las montañas se recortaban suavemen­te en la neblina, alzándose en pequeños estrados a la izquierda del cuadro, lejos de la amplia llanura. A la derecha, emergían en la distancia diseminados grupos de árboles, perdiéndose en el polvo amarillento del horizonte. Y aquí, en lugar de montañas, había una fila de árboles que se hacían más altos a medida que la mirada se dirigía a la derecha; un cielo amarillo se dejaba ver por entre los claros de las ramas. En primer plano destacaban seis árboles muy altos a intervalos estudia­dos, colocados de forma que complementaban la armonía ge­neral del paisaje. Resultaba imposible determinar qué clase de árboles eran. Sus espesas ramas superiores tenían al incli­narse con el viento una grandeza trágica.

YUKIO MISHIMA

20 abr 2010

PARRAFO PERFECTO #5

«Un muchacho mensajero trajo una carta que Poirot leyó en silencio, y mientras
leía asomaba a sus ojos el brillo del interés y de la emoción. Después de despedir
al mensajero con breves frases, se volvió a mirarme.»


EL ROBO DE LOS PLANOS DEL SUBMARINO
Agatha Christie

12 abr 2010

PARRAFOSENTOS #4

Era sólido, tan sólido que el agua resbalaba sobre él, sobre su cabello, su cara y sus hombros. Me miraba fijamente con ojos grandes y vivos.
-Vete, Goblin -dije, que era lo que decía siempre que él me interrumpía en el baño o en la ducha.
Pero él no hizo ademán alguno de retirarse, y al mirarlo a los ojos comprendí que estaba obstinado en mantener su postura y que el agua lo estaba volviendo tremendamente fuerte. También caí en la cuenta de que nunca había visto resbalar el agua sobre él de aquel modo; en otras ocasiones, el agua había pasado a través de él. En cambio ahora poesía volumen, poesía un nuevo poder.
Súbitamente me invadió el miedo. Fue como en aquel instante en la iglesia, en el funeral de Lynelle, cuando se arrodilló tan cerca de mí después de la comunión.
Su pene estaba erecto. El mío también.













ANNE RICE
CRONICAS VAMPIRICAS, El Santuario

27 mar 2010

PARRAFO PERFECTO #3

»Hice correr por las escuelas y el mercado la noticia de que estaba dispuesta a escribir cartas para gente que no supiera escribir, y a copiar libros, cosa que podía hacer por las noches, cuando los otros copistas hubieran terminado y se hubieran ido a casa. Instalé un amplio estudio en mi casa, muy luminoso, y empecé a desarrollar esa labor para seres humanos. Así fue como llegué a conocerlos y a averiguar lo que los maestros enseñaban de día.
»Era un suplicio para mí no poder acudir de día a oír disertar a los grandes filósofos, pero esta ocupación nocturna me iba muy bien; había conseguido lo que ansiaba, oír las voces cálidas de seres humanos que conversaban conmigo. Hice amistad con mortales. Más de una noche mi casa estaba llena de convidados que yo había invitado a cenar.

ANNE RICE
SANGRE Y ORO
Las Crónicas Vampíricas

18 mar 2010

PARRAFO PERFECTO...


George rabiaba por preguntar si aquella mujer era la que había estado sentada a la mesa con ellos. Pero no se atrevía. El hombre parecía más bien molesto por tener que contar aquella historia pero, al mismo tiempo, parecía sentir un extraño impulso a hacerlo.
–Debo velar por la felicidad de esa mujer –con­tinuó–. Lo daría todo por ella. He dedicado mi vida a satisfacer sus caprichos.
–Comprendo –dijo George–. Yo sería capaz de sentir lo mismo.
–Ahora –concluyó el elegante desconocido–, si usted quiere venir conmigo, quizá pueda resolver sus dificultades financieras por una semana y, de paso, satisfacer su deseo de aventuras.
George se ruborizó de placer. Abandonaron jun­tos el bar. El hombre llamó un taxi y dio a George cincuenta dólares. Dijo que tenía que vendarle los ojos para que no viera la casa ni la calle a la que iban, puesto que nunca debía repetirse aquella experiencia.
George se hallaba presa de la mayor curiosidad, con visiones obsesivas de la mujer que había cono­cido en el bar, evocando a cada momento su esplén­dida boca y sus ojos brillantes tras el velo. Lo que le había gustado en particular era el cabello; le agra­daba el cabello espeso que gravitaba sobre el rostro como una graciosa carga, olorosa y rica. Era una de sus pasiones.
El trayecto no fue muy largo. Se sometió de buen grado a todo el misterio. Para no llamar la atención del conductor ni del portero, la venda le fue retirada de los ojos antes de apearse del taxi, pero el desconocido había previsto astutamente que el fulgor de las luces de la entrada cegaría a Geor­ge por completo. No pudo ver nada, salvo luces brillantes y espejos.
Fue conducido a uno de los interiores más sun­tuosos que había visto en su vida, todo blanco y con espejos, plantas exóticas, exquisito mobiliario tapizado de damasco, y una alfombra tan blanda que no se oían sus pisadas. Se le condujo por una habitación tras otra, todas de tonos distintos, con espejos, de tal modo que perdió por completo el sentido de la perspectiva. Por fin llegaron al último cuarto, George enmudeció por la sorpresa.

ANAIS NIN
de "La Mujer del Velo"

28 ene 2010

PARRAFO PERFECTO


Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con
sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.
Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer, a esta misma hora. Y había visto
también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se
desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños
revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.
Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras
redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su
sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas vacías; las puertas
desportilladas, invadidas de yerba. ¿Cómo me dijo aquel fulano que se llamaba esta
yerba? «La capitana, señor. Una plaga que nomás espera que se vaya la gente para
invadir las casas. Así las verá usted.»

PEDRO PÁRAMO
JUAN RULFO

26 nov 2009

Párrafo Perfecto


Vine al mundo un día de aquel verano llamado del fuego, porque los bosques agostados ardían solos. ¡Diabólico tributo a la descendiente directa de un cardenal!
«¡Grande hasta en sus pecados!», como diría en su momento la Católica Isabel.
Quizá por esta causa mi madre sufrió mucho en el trance, y a punto estuve yo de morir. Pero me encomendaron a Nuestra Señora del Puig y enseguida aquélla sin peligro estaba, y mi padre también muy alegre aunque yo fuese niña, pensando que a Nuestro Señor le placería darle después hijos varones, muchos y buenos. Sin embargo, mi madre
nunca volvería a parir.



ALMUDENA DE ARTEAGA
La Princesa de Ëboli

Párrafo Perfecto


No pude convertirme en nada: ni en bueno ni en malo, ni en un sinvergüenza ni en un
hombre honesto, ni en héroe ni en insecto. Y ahora estoy alargando mis días en mi
esquina, torturándome con el amargo e inútil consuelo de que un hombre inteligente
no puede convertirse seriamente en nada; de que tan sólo un idiota puede convertirse
en algo.


FIODOR DOSTOIEVSKI
Memorias del subsuelo

Párrafo Perfecto

A Diego Alatriste se lo llevaban los diablos. Había comedia nueva en el corral de la Cruz, y él estaba en la cuesta de la Vega, batiéndose con un fulano de quien desconocía hasta el nombre. Estrenaba Tirso, lo que era gran suceso en la Villa y Corte. Toda la ciudad llenaba el teatro o hacía cola en la calle, lista para acuchillarse por motivos razonables como un asiento o un lugar de pie para asistir a la representación, y no por un quítame allá esas pajas tras un tropiezo fortuito en una esquina, que tal era el caso: ritual de costumbre en aquel Madrid donde resultaba tan ordinario desenvainar como santiguarse. Pardiez que a ver si mira vuestra merced por dónde va. Miradlo vos, si no sois ciego. Pese a Dios. Pese a quien pese. Y aquel inoportuno voseo del otro -un caballero mozo, que se acaloraba fácil- haciendo inevitable el lance. Vuestra merced puede tratarme de vos e incluso tutearme muy a sus anchas, había dicho Alatriste pasándose dos dedos por el mostacho, en la cuesta de la Vega, que está a cuatro pasos. Con espada y daga, si es tan hidalgo de tener un rato. Por lo visto el otro lo tenía, y no estaba dispuesto a modificar el tratamiento. De manera que allí estaban, en las vistillas de la cuesta sobre el Manzanares, tras caminar uno junto al otro como dos camaradas, sin dirigirse la palabra ni para desnudar blancas y vizcaínas, que ahora tintineaban muy a lo vivo, cling, clang, reflejando el sol de la tarde.
Paró, con atención repentina y cierto esfuerzo, la primera estocada seria tras el tanteo. Estaba irritado, más consigo mismo que con su adversario. Irritado de la propia irritación. Eso era poco práctico en tales lances. La esgrima, cuando iban al parche de la caja la vida o la salud, requería frialdad de cabeza amén de buen pulso, porque de lo contrario uno se arriesgaba a que la irritación o cualquier otro talante escapase del cuerpo, junto al ánima, por algún ojal inesperado del jubón. Pero no podía evitarlo. Ya había salido con aquella negra disposición de ánimo de la taberna del Turco -la discusión con Caridad la Lebrijana apenas llegada ésta de misa, la loza rota, el portazo, el retraso con que se encaminaba al corral de comedias-, de modo que, al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables. De cualquier modo, era tarde para volverse atrás. El otro se lo tomaba a pecho, aplicado a lo suyo, y no era malo. Ágil como un gamo y con mañas de soldado, creyó advertir en su manera de esgrimir: piernas abiertas, puño rápido con vueltas y revueltas. Acometía a herir a lo bravo, en golpes cortos, retirándose como para tajo o revés, buscando el momento de meter el pie izquierdo y trabar la espada enemiga por la guarnición con su daga de ganchos. El truco era viejo, aunque eficaz si quien lo ejecutaba tenía buen ojo y mejor mano; pero Alatriste era reñidor más viejo y acuchillado, de manera que se movía en semicírculo hacia la zurda del contrario, estorbándole la intención y fatigándolo. Aprovechaba para estudiarlo; en la veintena, buena traza, con aquel punto soldadesco que un ojo avisado advertía pese a las ropas de ciudad, botas bajas de ante, ropilla de paño fino, una capa parda que había dejado en el suelo junto al chapeo para que no embarazase. Buena crianza, quizás. Seguro, valiente, boca cerrada y nada fanfarrón, ciñéndose a lo suyo. El capitán ignoró una estocada falsa, describió otro cuarto de arco a la derecha y le puso el sol en los ojos al contrincante. Maldita fuera su propia estampa. A esas horas La huerta de Juan Fernández debía de estar ya en la primera jornada.
Resolvió acabar, sin que la prisa se le volviera en contra. Y tampoco era cosa de complicarse la vida matando a plena luz y en domingo. El adversario acometía para formar tajo, de manera que Alatriste, después de parar, aprovechó el movimiento para amagar de punta por arriba, metió pies saliéndose a la derecha, bajó la espada para protegerse el torso y le dio al otro, al pasar, una fea cuchillada con la daga en la cabeza. Poco ortodoxo y más bien sucio, habría opinado cualquier testigo; pero no había testigos, María de Castro estaría ya en el tablado, y hasta el corral de la Cruz quedaba un buen trecho. Todo eso excluía las lindezas. En cualquier caso, bastó. El contrincante se puso pálido y cayó de rodillas mientras la sangre le chorreaba por la sien, muy roja y viva. Había soltado la daga y se apoyaba en la espada curvada contra el suelo, empuñándola todavía. Alatriste envainó la suya, se acercó y acabó de desarmar al herido con un suave puntapié. Luego lo sostuvo para que no cayera, sacó un lienzo limpio de la manga de su jubón y le vendó lo mejor posible el refilón de la cabeza.
-¿Podrá vuestra merced valerse solo? -preguntó.

ARTURO PEREZ-REVERTE
El Caballero del Jubón Amarillo