miércoles, 30 de abril de 2008

CAPERUCITA ROJA de CHARLES PERRAULT


Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.
—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.
Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:
—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
—¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.
—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.
—Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.
El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.
—¿Quién es?
—Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.
—¿Quién es?
Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:
—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.
El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:
—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.
Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:
—Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.
Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:
—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!
—Es para abrazarte mejor, hija mía.
—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!
—Es para correr mejor, hija mía.
Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!
—Es para oír mejor, hija mía.
—Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!
—Es para ver mejor, hija mía.
—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!
—¡Para comerte mejor!
Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.



MORALEJA

Aquí vemos que la adolescencia, en especial las señoritas, bien hechas, amables y bonitas no deben a cualquiera oír con complacencia, y no resulta causa de extrañeza ver que muchas del lobo son la presa. Y digo el lobo, pues bajo su envoltura no todos son de igual calaña: Los hay con no poca maña, silenciosos, sin odio ni amargura, que en secreto, pacientes, con dulzura van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; más, bien sabemos que los zalameros entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.



CHARLES PERRAULT
(FRANCIA, 1628-1703)



PEQUEÑOS CONSEJOS PARA SER...UN POCO MÁS FELICES

Si te vas a calentar, que sea al sol. Si vas a engañar, que sea a tu estómago, o al menos por tu felicidad. Si vas a llorar, que sea de alegría. Si vas a mentir, que sea sobre tu edad. Si vas a robar, que sea un beso. Si es para perder, que para perder el miedo. Y si tienes hambre, que sea de amor. Si es para ser feliz... ¡Que sea todo el tiempo!!!

Hechos sobre los que debemos reflexionar:

1. Por lo menos 5 personas en este mundo te aman, tanto, que darían la vida por ti. Que no lo veas no significa que estén ahí.

2. Por lo menos 15 personas en este mundo te quieren de alguna manera.

3. La única razón por la que alguien te pudiera odiar es porque quiere ser como tú. Si es porque le has hecho daño...repáralo, es la mejor medicina para el alma.

4. Una sonrisa tuya puede traer felicidad a cualquiera, aunque no le caigas bien o no te conozca.

5. Cada noche, alguien piensa en ti antes de dormir.

6. Para alguien significas "el mundo".

7. Si no fuera por ti, alguien no estaría vivo probablemente.

8. Eres especial y único, en lo bueno y en lo malo.

9. Alguien que no sabes ni siquiera que existe, te ama.

10. Cuando piensas que cometiste el error mas grande del mundo, algo bueno viene de ese error si reflexionas sobre él y decides intentar no volver a cometerlo.

11. Cuando pienses que no tienes oportunidad de conseguir lo que quieres, probablemente no lo tendrás, pero si crees en ti mismo, tarde o temprano lo tendrás o al menos la satisfacción del camino intentado.

12. Siempre recuerda los cumplidos que has recibido. Olvida los malos, son un "veneno".

13. Di siempre lo que sientes por él o ella, te sentirás mucho mejor después de que lo sepa.

14. Si tienes un gran amigo, tómate tu tiempo para hacerle saber lo grande que es.

15. Haz cada día un acto desinteresado por alguien. No alardees de ello. Guárdalo en tu corazón y goza interiormente de la felicidad que has proporcionado.

Envía estos consejos a toda la gente que aprecies. No tendrás buena suerte ni el amor tocará a tu puerta en dos minutos, pero le iluminarás el día a alguien y, probablemente, hasta puedas cambiarle la perspectiva que tiene acerca de la vida a una mucho mejor.
Recuerdo que hace años, un joven paciente me comentó en la consulta: "Estaba desesperado, tenía la firme intención de suicidarme y no creía en nada ni en nadie. Una noche, en medio de mi desesperación, recibí una llamada de un amigo mío que no veía desde hacía años. Simplemente me dijo que me llamaba para que supiese lo mucho que significaba para él, pues años atrás, unas palabras de ánimo que yo ni recordaba haberle dicho, fueron el bálsamo curativo a una crisis existencial muy fuerte por la que estaba pasando. Emocionado, finalizó con estas palabras: Gracias amigo, eres la mejor persona que he conocido, y esa sencilla expresión de sincero afecto me hizo salir del pozo de la desesperación y probablemente me salvó la vida".
Nunca olvidaré la historia de este paciente.
Queridos amigos y amigas, ¡que sencillas son las mejores soluciones!

UN SACAPUNTAS MUY RARO...

ACASO INSPIRADOS POR “LA SENSACIÓN DIARIA DE LOS ARGENTINOS”

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martes, 29 de abril de 2008

ESTACIONAMIENTO PARA BICICLETAS EN TOKYO

Como todos sabemos en la ciudad de Tokyo se mueven mucho en bicicleta y un gran problema era la cantidad de biciCletas que dejaban en las veredas.
Ahora se inventaron un estacionamiento para bicicletas con una capacidad para 9400 bicis.!!!!

AÑO 1991 - UN FANÁTICO DE XUXA

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FOTOGRAFÍAS MARAVILLOSAS

He decidio agregar una nueva sección a este mundo loco mío:


Presentaciones Power Point



y para iniciar voy a colocar para que descargues una presentación
que me llegó a través de
ANTONA, un bloguer, fotógrafo y gran amigo.



FOTOS MAGNÍFICAS


lunes, 28 de abril de 2008

EL PATITO FEO de HANS CHRISTIAN ANDERSEN

¡Qué hermosa estaba la campiña! Había llegado el verano: el trigo estaba amarillo; la avena, verde; la hierba de los prados, cortada ya, quedaba recogida en los pajares, en cuyos tejados se paseaba la cigüeña, con sus largas patas rojas, hablando en egipcio, que era la lengua que le enseñara su madre. Rodeaban los campos y prados grandes bosques, y entre los bosques se escondían lagos profundos. ¡Qué hermosa estaba la campiña! Bañada por el sol levantábase una mansión señorial, rodeada de hondos canales, y desde el muro hasta el agua crecían grandes plantas trepadoras formando una bóveda tan alta que dentro de ella podía estar de pie un niño pequeño, mas por dentro estaba tan enmarañado, que parecía el interior de un bosque. En medio de aquella maleza, una gansa, sentada en el nido, incubaba sus huevos. Estaba ya impaciente, pues ¡tardaban tanto en salir los polluelos, y recibía tan pocas visitas!
Los demás patos preferían nadar por los canales, en vez de entrar a hacerle compañía y charlar un rato.
Por fin empezaron a abrirse los huevos, uno tras otro. «¡Pip, pip!», decían los pequeños; las yemas habían adquirido vida y los patitos asomaban la cabecita por la cáscara rota.
- ¡cuac, cuac! - gritaban con todas sus fuerzas, mirando a todos lados por entre las verdes hojas. La madre los dejaba, pues el verde es bueno para los ojos.
- ¡Qué grande es el mundo! -exclamaron los polluelos, pues ahora tenían mucho más sitio que en el interior del huevo.
- ¿Creéis que todo el mundo es esto? -dijo la madre-. Pues andáis muy equivocados. El mundo se extiende mucho más lejos, hasta el otro lado del jardín, y se mete en el campo del cura, aunque yo nunca he estado allí. ¿Estáis todos? -prosiguió, incorporándose-. Pues no, no los tengo todos; el huevo gordote no se ha abierto aún. ¿Va a tardar mucho? ¡Ya estoy hasta la coronilla de tanto esperar!
- Bueno, ¿qué tal vamos? -preguntó una vieja gansa que venía de visita.
- ¡Este huevo que no termina nunca! -respondió la clueca-. No quiere salir. Pero mira los demás patitos: ¿verdad que son lindos? Todos se parecen a su padre; y el sinvergüenza no viene a verme.
- Déjame ver el huevo que no quiere romper -dijo la vieja-. Creéme, esto es un huevo de pava; también a mi me engañaron una vez, y pasé muchas fatigas con los polluelos, pues le tienen miedo al agua. No pude con él; me desgañité y lo puse verde, pero todo fue inútil. A ver el huevo. Sí, es un huevo de pava. Déjalo y enseña a los otros a nadar.
- Lo empollaré un poquitín más dijo la clueca-. ¡Tanto tiempo he estado encima de él, que bien puedo esperar otro poco!
- ¡Cómo quieras! -contestó la otra, despidiéndose.
Al fin se partió el huevo. «¡Pip, pip!» hizo el polluelo, saliendo de la cáscara. Era gordo y feo; la gansa se quedó mirándolo:
- Es un pato enorme -dijo-; no se parece a ninguno de los otros; ¿será un pavo? Bueno, pronto lo sabremos; del agua no se escapa, aunque tenga que zambullirse a trompazos.
El día siguiente amaneció espléndido; el sol bañaba las verdes hojas de la enramada. La madre se fue con toda su prole al canal y, ¡plas!, se arrojó al agua. «¡Cuac, cuac!» -gritaba, y un polluelo tras otro se fueron zambullendo también; el agua les cubrió la cabeza, pero enseguida volvieron a salir a flote y se pusieron a nadar tan lindamente. Las patitas se movían por sí solas y todos chapoteaban, incluso el último polluelo gordote y feo.
- Pues no es pavo -dijo la madre-. ¡Fíjate cómo mueve las patas, y qué bien se sostiene! Es hijo mío, no hay duda. En el fondo, si bien se mira, no tiene nada de feo, al contrario. ¡Cuac, cuac! Venid conmigo, os enseñaré el gran mundo, os presentaré a los patos del corral. Pero no os alejéis de mi lado, no fuese que alguien os atropellase; y ¡mucho cuidado con el gato!
Y se encaminaron al corral de los patos, donde había un barullo espantoso, pues dos familias se disputaban una cabeza de anguila. Y al fin fue el gato quien se quedó con ella.
- ¿Veis? Así va el mundo -dijo la gansa madre, afilándose el pico, pues también ella hubiera querido pescar el botín-. ¡Servíos de las patas! y a ver si os despabiláis. Id a hacer una reverencia a aquel pato viejo de allí; es el más ilustre de todos los presentes; es de raza española, por eso está tan gordo. Ved la cinta colorada que lleva en la pata; es la mayor distinción que puede otorgarse a un pato. Es para que no se pierda y para que todos lo reconozcan, personas y animales. ¡Ala, sacudiros! No metáis los pies para dentro. Los patitos bien educados andan con las piernas esparrancadas, como papá y mamá. ¡Así!, ¿veis? Ahora inclinad el cuello y decir: «¡cuac!».
Todos obedecieron, mientras los demás gansos del corral los miraban, diciendo en voz alta:
- ¡Vaya! sólo faltaban éstos; ¡como si no fuésemos ya bastantes! Y, ¡qué asco! Fijaos en aquel pollito: ¡a ése sí que no lo toleramos! -. Y enseguida se adelantó un ganso y le propinó un picotazo en el pescuezo.
- ¡Déjalo en paz! -exclamó la madre-. No molesta a nadie.
- Sí, pero es gordote y extraño -replicó el agresor-; habrá que sacudirlo.
- Tiene usted unos hijos muy guapos, señora -dijo el viejo de la pata vendada-. Lástima de este gordote; ése sí que es un fracaso. Me gustaría que pudiese retocarlo.
- No puede ser, Señoría -dijo la madre-. Cierto que no es hermoso, pero tiene buen corazón y nada tan bien como los demás; incluso diría que mejor. Me figuro que al crecer se arreglará, y que con el tiempo perderá volumen. Estuvo muchos días en el huevo, y por eso ha salido demasiado robusto -. Y con el pico le pellizcó el pescuezo y le alisó el plumaje -. Además, es macho -prosiguió-, así que no importa gran cosa. Estoy segura de que será fuerte y se despabilará.
- Los demás polluelos son encantadores de veras -dijo el viejo-. Considérese usted en casa; y si encuentra una cabeza de anguila, haga el favor de traérmela.
Y de este modo tomaron posesión de la casa.
El pobre patito feo no recibía sino picotazos y empujones, y era el blanco de las burlas de todos, lo mismo de los gansos que de las gallinas. «¡Qué ridículo!», se reían todos, y el pavo, que por haber venido al mundo con espolones se creía el emperador, se henchía como un barco a toda vela y arremetía contra el patito, con la cabeza colorada de rabia. El pobre animalito nunca sabía dónde meterse; estaba muy triste por ser feo y porque era la chacota de todo el corral.
Así transcurrió el primer día; pero en los sucesivos las cosas se pusieron aún peor. Todos acosaban al patito; incluso sus hermanos lo trataban brutalmente, y no cesaban de gritar: - ¡Así te pescara el gato, bicho asqueroso!; y hasta la madre deseaba perderlo de vista. Los patos lo picoteaban; las gallinas lo golpeaban, y la muchacha encargada de repartir el pienso lo apartaba a puntapiés.

AMOR PROHIBIDO

[Escrito en el año 2000]


Amantes separados por el tiempo,
pequeño y doloroso encuentro,
con suerte apenas se vislumbran...

Amor desesperado en la lejanía,
ansia eterna de caricias,
profunda soledad que hiere,
amor que desgarra, amor que duele.

Unión imposible y anhelada,
deseo de estar juntos algún día,
unirse... persistente letanía.

Amor en celo, amor dormido,
amor eterno, amor prohibido.

sábado, 26 de abril de 2008

PENSAR EN ENCONTRARTE Y AMARTE ES UNA ILUSIÓN

Pensar en encontrarte y amarte es una ilusión, un sueño que nace cada noche en mi regazo y se desmaya en mi entrepierna.
Tu idea del vicio es la misma que la mía y allí me zambullo cual pez en el océano profundo y te pienso, y te traigo y te siento y termino en éxtasis solitario.
Hacerte humano dentro de mis entrañas mientras grito de placer y hacerte mío porque tuya no seré ni será nunca.
Llegar a lo erótico pasando por lo pornográfico sin escalas y seguir, cruzando las fronteras de la realidad cotidiana para asumir y tomar las riendas de esa realidad mental que nos ahoga a los dos tras bambalinas.
Confiar… jinete y cabalgadura uno en el otro sin tapujos, sin silencios, sin suspiros… Solo jadeos, piel, transpiración, jugos y olores de cuerpos dispuestos y calientes.
El odio no cabe en esta recorrida desenfrenada donde el sexo y el amor se juntan para encontrar el vergel de la locura del deseo.
No hay odio, no hay disfraces, ni moral ni dioses, solo estamos nosotros dos.

LA ABEJA HARAGANA de HORACIO QUIROGA


Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.
Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos al rozar contra la puerta de la colmena.
Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole: -Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar. La abejita contestó: -Yo ando todo el día volando, y me canso mucho. -No es cuestión de que te canses mucho -respondieron-, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos. Y diciendo así la dejaron pasar.
Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron: -Hay que trabajar, hermana. Y ella respondió en seguida: -¡Uno de estos días lo voy a hacer! -No es cuestión de que lo hagas uno de estos días -le respondieron-, sino mañana mismo. Acuérdate de esto. Y la dejaron pasar. Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó: -¡Si, sí, hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido! -No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido -le respondieron-, sino de que trabajes. Hoy es diecinueve de abril. Pues bien: trata de que mañana veinte, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.
Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar. Pero el veinte de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío. La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá adentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron. -¡No se entra! -le dijeron fríamente. -¡Yo quiero entrar! -clamó la abejita-. Esta es mi colmena. -Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras le contestaron las otras-. No hay entrada para las haraganas. -¡Mañana sin falta voy a trabajar! -insistió la abejita.
-No hay mañana para las que no trabajan- respondieron las abejas, que saben mucha filosofía. Y diciendo esto la empujaron afuera. La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más. Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.
-¡Ay, mi Dios! -clamó la desamparada-. Va a llover, y me voy a morir de frío. Y tentó entrar en la colmena.
Pero de nuevo le cerraron el paso.
-¡Perdón! -gimió la abeja-. ¡Déjenme entrar!
-Ya es tarde -le respondieron.

-¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!

-Es más tarde aún. -¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!
-Imposible. -¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:
-No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete. Y la echaron. Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna. Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. AI fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella. En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacia tiempo, y que la culebra había elegido de guarida. Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por eso la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos: -¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz. Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo:
-¿qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.

-Es cierto -murmuró la abeja-. No trabajo, y yo tengo la culpa.

-Siendo así -agregó la culebra, burlona-, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
La abeja, temblando, exclamo entonces: -¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
-¡Ah, ah! -exclamó la culebra, enroscándose ligero -. ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima tonta?
-No, no es por eso que nos quitan la miel -respondió la abeja. -¿Y por qué, entonces? -Porque son más inteligentes. Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír, exclamando: -¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer, apróntate. Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó: -Usted hace eso porque es menos inteligente que yo. -¿Yo menos inteligente que tú, mocosa? -se rió la culebra.
-Así es -afirmó la abeja.

-Pues bien -dijo la culebra-, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.
-¿Y si gano yo? -preguntó la abejita.

-Si ganas tú -repuso su enemiga-, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
-Aceptado -contestó la abeja. La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo: Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra. Los muchachos hacen bailar como trompos esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.
-Esto es lo que voy a hacer -dijo la culebra-. ¡Fíjate bien, atención!
Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco. La culebra se reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo: -Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.
-Entonces, te como -exclamó la culebra.
-¡Un momento! Yo no puedo hacer eso: pero hago una cosa que nadie hace.

-¿Qué es eso?
-Desaparecer.
-¿Cómo? -exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa-. ¿Desaparecer sin salir de aquí?

-Sin salir de aquí.
-¿Y sin esconderte en la tierra?
-Sin esconderme en la tierra.

-Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida - dijo la culebra. El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos. La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así: -Ahora me toca a mi, señora culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga "tres", búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más! Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente:"uno..., dos..., tres", y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido. La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho?, ¿dónde estaba? No había modo de hallarla.
-¡Bueno! -exclamó por fin-. Me doy por vencida. ¿Dónde estás?
Una voz que apenas se oía -la voz de la abejita- salió del medio de la cueva.
-¿No me vas a hacer nada? -dijo la voz-. ¿Puedo contar con tu juramento?
-Sí -respondió la culebra-. Te lo juro. ¿Dónde estás? -Aquí -respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita. ¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando completamente al insecto. La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida. La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla. Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro. Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida. Nunca, jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio. Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida. Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban: -No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, sí hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos -la felicidad de todos- es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.

YA NO LLORES


[Escrito en el año 2000]

Ya no llores,

no eres débil.

¡Levántate!

La guerrera está dormida...,

abre tus ojos, mira....,

deja el sueño de gloriosas luchas,

ve la realidad, ármate de valor

y parte a la batalla otra vez.

Ya no llores...

busca tu guerrera,

levántate y pelea,

ya no duermas más,

que nada está perdido aún,

que la muerte está al final

y sólo es eso...

Muerte y nada más

después de la vida.

viernes, 25 de abril de 2008

EL AMIGO ABNEGADO de OSCAR WILDE


Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza fuera de su madriguera. Tenía ojos brillantes como bolas de cristal e hirsutos bigotes grises, y su rabo parecía una larga tira de goma negra. Los patitos estaban nadando en el estanque, semejantes a una bandada de canarios ama­rillos, y su madre, que era de un blanco puro, con patas rojas, intentaba enseñarles a sostenerse cabeza abajo en el agua.

-Nunca entraréis en la alta sociedad si no sabéis sos­teneros cabeza abajo -les decía y repetía.

Y de vez en cuando les mostraba cómo se hacía. Pero los patitos no le hacían caso. Eran tan jóvenes que no sabían qué ventajas tiene pertenecer a la sociedad.

-¡Qué niños tan desobedientes! -exclamó la rata de agua-; realmente les estaría bien merecido que se aho­garan.

-¡De ninguna manera! -respondió la pata-, todo el mundo tiene que aprender, y por mucha paciencia que tengan los padres nunca tienen suficiente.

-¡Ah! Yo no sé nada de los sentimientos de los padres -dijo la rata de agua-; no soy madre de familia. En realidad, nunca he estado casada ni tengo intención de estarlo nunca. El amor está muy bien, a su manera, pero la amistad es muy superior a él. En verdad, no conozco nada en el mundo que sea ni más noble ni más raro que una amistad leal.

-Y dime, por favor, ¿qué idea tienes de cuáles son los deberes de un amigo leal? -preguntó un pardillo verde que estaba posado en un sauce muy cerca de allí y había oído la conversación.

-Sí, eso es precisamente lo que deseo yo saber -dijo la pata, y se fue nadando hasta el extremo del estanque, poniéndose cabeza abajo para dar un buen ejemplo a sus hijos.

-¡Qué pregunta más tonta! -replicó la rata de agua-. Yo esperaría que mi amigo fuera leal conmigo, naturalmente.

-¿Y qué harías tú a cambio? -dijo el pajarillo, co­lumpiándose en una ramita de plata y batiendo sus alas diminutas.

-No te entiendo -contestó la rata de agua.

-Déjame que te cuente una historia sobre eso -dijo el pardillo.

-¿Habla de mí esa historia? -preguntó la rata de agua-. En ese caso la escucharé, pues las historias me gustan muchísimo.

-Se te puede aplicar -respondió el pardillo.

Y bajando de un vuelo a la orilla contó el cuento del Amigó Abnegado.

-Erase una vez -dijo el pardillo- un honrado hom­brecillo que se llamaba Hans.

-¿Era muy distinguido? -preguntó la rata de agua. -No -respondió el pardillo-, no creo que fuera nada distinguido, excepto por su corazón bondadoso y por su divertida cara redonda rebosante de alegría. Vivía solo en una casita muy pequeña, y todos los días traba­jaba en su jardín. En toda la comarca no había un jardín tan hermoso como el suyo; crecían en él minutisas y al­helíes y saxífragas y campanillas de invierno; había rosas de Damasco rojas y rosas de té amarillas, flores de aza­frán color lila, y violetas de oro y púrpura, y violetas blan­cas. Los agavanzos y las cardaminas, las mejoranas y la albahaca, la vellorita y el iris, el narciso y el clavel doble florecían sucesivamente según pasaban los meses, reem­plazando una flor a la otra, de tal modo que siempre ha­bía cosas hermosas para la vista y gratas fragancias para el olfato.

El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero entre todos ellos el más íntimo era el gran Hugh, el molinero. Realmente, el rico molinero era un amigo tan íntimo del pequeño Hans, que no pasaba nunca por su jardín sin inclinarse sobre la tapia y coger un gran ramo de flores, o un puñado de hierbas olorosas, o sin llenarse los bol­sillos de ciruelas y cerezas si era la temporada de la fruta.

-Los verdaderos amigos debieran tener todo en co­mún -solía decir el molinero.

Y el pequeño Hans asentía con la cabeza y sonreía, y se sentía muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles.

A veces, a decir verdad, los vecinos pensaban que era extraño que el rico molinero nunca diera nada a cambio al pequeño Hans, aunque tenía cien sacos de harina al­macenados en su molino y seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas cubiertas de lana; pero a Hans nunca le pasaban por la cabeza tales pensamientos, y nada le daba mayor placer que escuchar todas las cosas admira­bles que solía decir el molinero sobre la ausencia de egoísmo de la amistad verdadera.

Así es que el pequeño Hans trabajaba en su jardín. Du­rante la primavera, el verano y el otoño era muy dichoso, pero cuando llegaba el invierno, y no tenía ni fruta ni flores que llevar al mercado, sufría mucho por el frío y el hambre, y frecuentemente tenía que irse a la cama sin más cena que unas cuantas peras secas o unas nueces du­ras. En invierno, además, se sentía muy solo, ya que en­tonces no iba nunca a verle el molinero.

-No es conveniente que vaya a ver al pequeño Hans en lo que dure la nieve -solía decír el molinero a su mujer-, pues cuando la gente está en apuros es mejor dejarla sola y no importunarla con visitas. Esa es, al me­nos, la idea que yo tengo de la amistad, y estoy seguro de que tengo razón. Así es que esperaré hasta que llegue la primavera, y entonces le haré una visita, y él podrá darme una gran cesta de velloritas, y eso le hará feliz.

-Realmente, te preocupas mucho por los demás -respondió su esposa, que estaba sentada en un cómodo sillón junto a un gran fuego de leña de pino-; te preo­cupas mucho, verdaderamente. Es una delicia oírte ha­blar de la amistad. Estoy segura de que el cura mismo no sabría decir cosas tan hermosas como tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el dedo meñique.

-Pero ¿no podríamos invitar al pequeño Hans a que viniera aquí? -preguntó el hijo menor del molinero-. Si el pobre Hans está en apuros yo le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.

-¡Qué chico tan tonto eres! -gritó el molinero-; realmente no sé de qué sirve mandarte a la escuela; pa­rece que no aprendes nada. ¡Mira!, si el pequeño Hans viniera aquí y viera nuestro fuego confortable, y nuestra buena cena, y nuestro gran barril de vino tinto, puede que se volviera envidioso, y la envidia es una cosa terri­ble, que echaría a perder el carácter de cualquiera. Yo, ciertamente, no permitiré que se eche a perder el carác­ter de Hans. Soy su mejor amigo y siempre velaré por él, y vigilaré para que no caiga en ninguna tentación. Ade­más, si Hans viniera aquí, puede que me pidiera que le dejara llevarse algo de harina a crédito, y yo no podría hacer eso; la harina es una cosa y la amistad es otra, y no debieran confundirse. ¡Está claro!, las dos palabras se escriben de modo diferente, y significan cosas completa­mente distintas. Todo el mundo puede entender eso.

-¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero, mientras se servía un gran vaso de cerveza caliente-; me siento completamente adormilada; es lo mismo que si es­tuviera en la iglesia.

-Mucha gente obra bien -respondió el molinero-; pero hay muy poca gente que hable bien; lo que prueba que hablar es, con mucho, lo más difícil de estas dos cosas, y con mucho, también, la más hermosa.

Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo pequeño, que se sentía tan avergonzado de sí mismo que bajó la cabeza y se puso muy colorado, y empezó a llorar, dejando caer las lágrimas en el té. Sin embargo, era tan joven que debéis disculparle.

-¿Es ese el final de la historia? -preguntó la rata de agua.

-Ciertamente que no -respondió el pardillo-, ese es el comienzo.

-Entonces, no estás al día -dijo la rata de agua-. Ahora todos los buenos narradores empiezan por el final y luego siguen por el principio, y terminan por el medio. Es la nueva técnica narrativa. Me enteré de todo esto el otro día por un crítico que paseaba alrededor del estan­que con un joven. Habló largamente del asunto, y estoy seguro de que debía tener razón, pues llevaba gafas azu­les y era calvo, y cada vez que el joven hacía alguna ob­servación, contestaba siempre: «¡Bah!» Pero, por favor, sigue con tu historia. Me agrada enormemente el moli­nero. Yo tengo también toda clase de hermosos senti­mientos, así es que hay una gran simpatía entre nosotros dos.

-Pues bien -dijo el pardillo, brincando ya sobre una pata, ya sobre la otra-, tan pronto como acabó el in­vierno y las velloritas empezaron a abrir sus estrellas de color amarillo pálido, el molinero dijo a su mujer que ha­jaría a ver al pequeño Hans.

-¡Ah, qué buen corazón tienes! -exclamó su mujer-; siempre estás pensando en los demás. Y no te olvides de llevar la cesta grande para las flores.

Así es que el molinero sujetó las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.

-Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.

-Buenos días -dijo Hans, apoyándose en su azada y sonriendo de oreja a oreja.

-¿Y cómo te ha ido en todo el invierno? -dijo el molinero.

-Bueno, verdaderamente -exclamó Hans-, eres muy amable al preguntármelo, muy amable, ciertamente. A decir verdad, lo he pasado bastante mal, pero ya ha llegado la primavera y me siento completamente feliz, y todas mis flores van bien.

-Hemos hablado muchas veces de ti durante el in­vierno, Hans -dijo el molinero-, y nos preguntábamos cómo te irían las cosas.

-Habéis sido muy amables -dijo Hans-, casi temía que me hubieras olvidado.

-Hans, ¡me dejas sorprendido! -dijo el molinero-, la amistad nunca olvida. Eso es lo maravilloso que tiene; pero me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. Y, a propósito, ¡qué hermosas están tus velloritas!

-Sí, están verdaderamente muy hermosas -dijo Hans-, y es una suerte para mí el tener tantas. Voy a llevarlas al mercado para vendérselas a la hija del bur­gomaestre, y así con ese dinero volveré a comprar mi ca­rretilla.

-¿Que volverás a comprar tu carretilla? ¿No querrás decir que la has vendido? ¡Qué cosa más tonta se te ha ocurrido hacer!

-Bueno, la verdad es que me vi obligado a hacerlo. Ya sabes, el invierno fue una temporada muy mala para mí y en realidad no tenía dinero para comprar pan. Así que primero vendí los botones de plata de mi chaqueta de los domingos, y luego vendí la cadena de plata, y des­pués vendí mi pipa grande, y por último vendí mi carre­tilla. Pero voy a volver a comprarlo todo ahora.

-Hans -dijo el molinero-, te voy a dar mi carretilla. No está en buen estado; a decir verdad, uno de los dos lados ha desaparecido, y algo no va bien en los radios de la rueda; pero a pesar de eso te la voy a regalar. Sé que soy muy generoso al hacer esto, y que mucha gente me creería tonto de remate por desprenderme de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la gene­rosidad es la esencia de la amistad, y, además, tengo una carretilla nueva. Sí, puedes quedarte tranquilo, te daré mi carretilla.

-Bueno, realmente eres muy generoso -dijo el pe­queño Hans, y su divertida cara redonda se puso toda radiante de placer-. Me va a ser muy fácil repararla, porque tengo una tabla en casa.

-¡Una tabla! -dijo el molinero-; ¡caramba!, eso es precisamente lo que necesito para el tejado de mi gra­nero. Tiene un boquete muy grande y todo el grano se mojará si no lo tapo. ¡Qué suerte que lo hayas mencio­nado! Es sorprendente cómo una buena acción siempre produce otra. Yo te he dado la carretilla, y ahora tú me vas a dar tu tabla. Desde luego, la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la verdadera amistad nunca se fija en esas cosas. Haz el favor de ir a buscarla en seguida, y me pondré a trabajar en mi granero hoy mismo.

-Ciertamente -exclamó el pequeño Hans.

Y corrió al cobertizo y sacó la tabla.

-No es una tabla muy grande -dijo el molinero mi­rándola-, y me temo que después de que haya reparado el tejado de mi granero no te quedará nada para que arregles la carretilla; pero, desde luego, eso no es culpa mía. Y ahora que te he dado la carretilla, estoy seguro de que te gustaría darme unas flores a cambio. Aquí tie­nes la cesta, y procura llenarla del todo.

-¿Llenarla del todo? -dijo el pequeño Hans, un poco afligido, pues realmente era una cesta muy grande, y sabía que si la llenaba no le quedarían flores para el mercado, y estaba deseando volver a tener sus botones de plata.

-Bueno, en realidad -replicó el molinero-, como te he dado la carretilla, no creo que sea mucho pedirte unas cuantas flores. Puede que me equivoque, pero yo había pensado que la amistad, la verdadera amistad, estaba completamente libre de cualquier clase de egoísmo.

-Mi querido amigo, mi mejor amigo -exclamó el pe­queño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición. Prefiero con mucho que tú tengas una buena opinión de mí a tener yo mis botones de plata, y eso en cualquier ocasión.

Y corrió a coger todas sus lindas velloritas y llenó la cesta del molinero.

-Adiós, pequeño Hans -dijo el molinero, mientras subía la cuesta con la tabla al hombro y la gran cesta en la mano.

-Adiós -dijo el pequeño Hans.

Y se puso a cavar alegremente, de contento que estaba por la carretilla.

Al día siguiente, estaba sujetando madreselvas al por­che cuando oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Así que saltó de la escalera, corrió al fondo del jardín y miró por encima de la tapia.

Allí estaba el molinero con un gran saco de harina a la espalda.

-Querido pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿te im­portaría llevarme este saco de harina al mercado?

-¡Oh, cuánto lo siento! -dijo Hans-, pero la verdad es que estoy muy ocupado hoy. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, y regar todas mis flores, y pasar el ro­dillo a todo mi césped.

-Bueno, realmente -dijo el molinero-, yo creo que teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla es una falta de amistad que te niegues a hacerlo.

-¡Oh, no digas eso! -exclamó el pequeño Hans-, no querría faltar a la amistad por nada del mundo.

Y entró corriendo en la casa para coger la gorra, y se fue caminando penosamente con el gran saco sobre los hombros.

Era un día de mucho calor, y la carretera estaba te­rriblemente polvorienta, y antes de que Hans hubiera lle­gado al sexto mojón estaba tan cansado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, siguió animosamente su camino, y al fin llegó al mercado.

Después de esperar allí algún tiempo vendió el saco de harina a muy buen precio, y entonces se volvió a casa en seguida, pues temía que si se retrasaba demasiado podría encontrar ladrones por el camino.

-Ha sido ciertamente un día muy duro -se dijo el pequeño Hans al meterse en la cama-, pero me alegro de no haber dicho que no al molinero, porque es mi me­jor amigo y, además, me va a dar su carretilla.

A la mañana siguiente, muy temprano, bajó el moli­nero a recoger el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que todavía seguía en la cama.

-¡A fe mía -dijo el molinero-, eres muy perezoso! Teniendo en cuenta que te voy a regalar mi carretilla, creo que podrías trabajar más. La ociosidad es la madre de todos los vicios, y a mí, ciertamente, no me gusta que ninguno de mis amigos sea holgazán ni perezoso. No debe parecerte mal que te hable con toda claridad. Desde luego no se me ocurriría hacerlo así si no fuera amigo tuyo; pero ¿de qué sirve la amistad si uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas agradables y tratar de complacer y de halagar; en cambio, un verdadero amigo siempre dice las cosas molestas, y no le importa dar un disgusto. En verdad, si es realmente un amigo sincero lo prefiere, pues sabe que en este caso está obrando bien.

-Lo siento muchísimo -dijo el pequeño Hans, fro­tándose los ojos y quitándose el gorro de dornir-, pero estaba tan cansado que pensé quedarme en la cama un poco más y oír cantar a los pájaros. ¿No sabes que siem­pre trabajo mejor después de oír cantar a los pájaros?

-Bueno, me alegro de oír eso -dijo el molinero, dando una palmada en la espalda al pequeño Hans-, porque quiero que subas al molino en cuanto te vistas y arregles el tejado de mi granero.

El pobre pequeño Hans estaba deseando ir a trabajar en su jardín, pues hacía dos días que las flores estaban sin regar, pero no quería decir que no al molinero, puesto que era tan buen amigo suyo.

-¿Crees que faltaría a la amistad si dijera que estoy ocupado? -preguntó con voz vergonzosa y tímida. -Bueno, en realidad -respondió el molinero- no me parece que sea mucho pedirte, teniendo en cuenta que te voy a dar mi carretilla, pero naturalmente, si tú dices que no, iré y lo haré yo.

-Oh, de ninguna manera! -exclamó el pequeño Hans.

Y saltó de la cama y se vistió y se fue al granero.

Trabajó allí todo el día, hasta la puesta del sol, y a la puesta del sol fue el molinero a ver cómo iba la cosa.

-Has arreglado ya el boquete del tejado, pequeño Hans? -gritó el molinero con voz jovial.

-Está arreglado del todo -respondió el pequeño Hans, bajando de la escalera.

-¡Ah -dijo el molinero-, no hay trabajo tan agra­dable como el trabajo que se hace por los demás!

-Es verdaderamente un gran privilegio oírte hablar -replicó el pequeño Hans, sentándose y enjugándose la frente-, un privilegio muy grande, pero me temo que yo no tendré nunca ideas tan hermosas como las que tie­nes tú.

-¡Oh, ya te vendrán! -dijo el molinero-, pero has de esforzarte más. Ahora tienes sólo la práctica de la amistad; algún día tendrás la teoría también.

-¿Crees realmente que la tendré? -preguntó el pe­queño Hans.

-No me cabe la menor duda respecto a eso -con­testó el molinero-, pero ahora que has arreglado el te­jado, sería mejor que fueras a casa a descansar, pues quiero que mañana lleves mis ovejas a la montaña.

El pobre pequeño Hans no se atrevió a decir nada, y a la mañana siguiente, muy temprano, el molinero le llevó las ovejas hasta la casita, y Hans se puso en camino con ellas hacia el monte. Le llevó el día entero llegar allí y volver; y cuando regresó estaba tan cansado que se quedó dormido en una silla, y no se despertó hasta que era pleno día.

-¡Qué tiempo tan delicioso voy a pasar en mi jardín! -se dijo.

Y se puso inmediatamente a trabajar.

Pero por una cosa o por otra nunca podía cuidar sus flores de ninguna manera, pues siempre llegaba su amigo el molinero y le mandaba a largos recados, o le llevaba a que le ayudase en el molino. El pobre Hans estaba muy angustiado algunas veces, pues temía que sus flores cre­yeran que se había olvidado de ellas, pero se consolaba con el pensamiento de que el molinero era su mejor amigo.

-Además -solía decirse-, me va a regalar su carre­tilla, y eso es un acto de pura generosidad.

Así es que el pequeño Hans trabajaba para el moli­nero, y el molinero decía toda clase de cosas hermosas sobre la amistad, las cuales anotaba Hans en un cuaderno y releía por la noche, pues era todo un intelectual.

Ahora bien, sucedió que una tarde estaba el pequeño Hans sentado junto a su fuego cuando sonó un fuerte golpe seco en la puerta. Era una noche muy tormentosa, y el viento soplaba y rugía alrededor de la casa tan te­rriblemente que en un primer momento pensó que era sólo la tormenta. Pero vino un segundo golpe seco, y luego un tercero, más fuerte que los otros.

-Será algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.

Allí estaba el molinero, con una linterna en una mano y un gran bastón en la otra.

-Querido pequeño Hans -exclamó el molinero-, es­toy en un gran apuro: mi hijo pequeño se ha caído de una escalera y se ha hecho daño, y voy a buscar al mé­dico. Pero vive tan lejos y hace una noche tan mala, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor si fueras tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte mi carretilla, y por tanto sería justo que hicieras algo por mí a cambio.

-¡No faltaría más! -exclamó el pequeño Hans-; considero un cumplido que recurras a mí, y me pondré en camino inmediatamente. Pero debes prestarme tu lin­terna, porque la noche es tan oscura que me da miedo que pueda caerme a la acequia.

-Lo siento mucho -replicó el molinero-, pero es mi linterna nueva, y sería una gran pérdida si algo le ocu­rriera.

-Bueno, no importa. Me las arreglaré sin ella -ex­clamó el pequeño Hans.

Y cogió su gran abrigo de pieles y su gorra escarlata que le abrigaba tanto, se enrolló una bufanda alrededor del cuello y se puso en marcha.

¡Qué tormenta más espantosa! La noche era tan negra que el pequeño Hans casi no podía ver, y el viento era tan fuerte que a duras penas podía mantenerse en pie. Sin embargo, era muy animoso, y después de haber an­dado unas tres horas llegó a casa del médico y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -gritó el médico, asomando la cabeza por la ventana de su alcoba.

-El pequeño Hans, doctor.

-¿Qué quieres, pequeño Hans?

-El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha hecho daño, y el molinero quiere que vaya en se­guida.

-Muy bien -dijo el médico.

Y ordenó que le llevaran el caballo, las grandes botas y la linterna, y bajó las escaleras, y empezó a cabalgar en dirección a la casa del molinero, mientras el pequeño Hans caminaba penosamente detrás de él.

Pero la tormenta arreciaba cada vez más, y la lluvia caía a torrentes, y el pequeño Hans no podía ver por dónde iba, ni ir al paso del caballo. Al final perdió el camino, y se extravió dando vueltas por el páramo, que era un lugar muy peligroso, pues estaba lleno de hoyos profundos. Y allí se ahogó el pobre pequeño Hans.

Unos cabreros encontraron su cuerpo al día siguiente, flotando en una gran charca de agua, y lo llevaron ellos mismos a la casita.

Hans era tan popular que todo el mundo fue a su en­tierro, y el molinero fue el principal doliente.

-Como yo era su mejor amigo -dijo el molinero-, justo es que ocupe el mejor puesto.

Así es que iba a la cabeza del cortejo con una larga capa negra y de vez en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo.

-La muerte del pequeño Hans es indudablemente una gran pérdida para todos -dijo el herrero, cuando hubo terminado el funeral y todos estaban sentados cómoda­mente en la taberna, bebiendo vino con especias y co­miendo bollos dulces.

-Una gran pérdida al menos para mí -replicó el mo­linero-; ¡mira!, yo me porté tan bien con él que le ofrecí mi carretilla, y ahora realmente no sé qué hacer con ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado que no po­dría sacar nada por ella si la vendiera. Ciertamente ten­dré mucho cuidado en no volver a dar nada a nadie; uno siempre sufre por generoso.

-Bueno, ¿y qué más? -dijo la rata de agua, después de una larga pausa.

-Bueno, pues nada más; ese es el final -dijo el par­dillo.

-Pero ¿qué fue del molinero? -preguntó la rata de agua.

-¡Oh, realmente no lo sé! -replicó el pardillo-; ni me importa, de eso estoy seguro.

-Es evidente que la simpatía no forma parte de tu ca­rácter -dijo la rata de agua.

-Me temo que no has entendido la moraleja de la his­toria -observó el pardillo.

-¿La qué? -chilló la rata de agua.

-La moraleja.

-¿Quieres decir que el cuento tiene una moraleja?

-Ciertamente -dijo el pardillo.

-Bueno -dijo la rata de agua, con aire furioso-, creo que realmente debieras habérmelo dicho antes de empezar. En ese caso, ten por seguro que no te hubiera escuchado; de hecho hubiera dicho «¡bah!», como el crí­tico. Pero puedo decirlo ahora.

Así es que gritó «¡bah!», a voz en cuello, hizo un mo­vimiento brusco con el rabo y se volvió a meter en su madriguera.

-¿Y qué opinas de la rata de agua? -preguntó la pata, que llegó chapoteando unos minutos después-. Tiene muy buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos maternales, y no puedo ver nunca a una solterona empedernida sin que se me salten las lágrimas.

-Me temo que le he aburrido -contestó el pardi­llo-. El hecho es que le conté una historia con una mo­raleja.

-¡Ah, eso es siempre algo muy peligroso! -dijo la pata.

Y yo estoy completamente de acuerdo con ella.